
Había una vez un grupito de gente (ni muchos ni pocos, solamente algunos...) que se fueron, inocentemente a la isla de Tenerife, a un Certamen de cuyo nombre no quiero acordarme. Salieron temprano temprano un sábado, mas hubo quien llegó algo tarde, pensando que no tenían tarjetas para embarcar. La poca confianza los hizo dudar de la organización...
El paseo marítimo transcurrió entre pelis, sueños y majos. Y contramajos. Se volvió a demostrar que no todo el mundo puede vencer fácilmente a unos rivales experimentados...Llegados a la isla del Teide, se dirigieron rapidamente al hotel de hospedaje. Tardaron aproximadamente una hora. Los que tuvieron que parar en la gasolinera a repostar los cuerpos se demoraron otro poco. Apenas hubo tiempo para más en la mañana, así que, tras alojarse, tomaron un somero piscolabis y se dirigieron hacia el cementerio (que significa dormitorio). Pero no todos. Tres personas, ajenas al cansancio, recorrieron media isla para buscar al último de Filipinas, que llegaba vía aérea a las 15:30. Una ducha de agua helada (tras media hora seguía sin salir la caliente) sirvió para ir entonando las gargantas y dar el repaso general a las dos obras navideñas que eran el fruto de sus desvelos. Ya había alguno que tuvo que entonar la garganta con ron miel para emitir algún sonido inteligible. Gracias a que sus manos le ayudadaban a marcar los compases (no todo lo bien que debería).
Otro descansito y guagua que te pego hasta la Iglesia Matriz de San Antonio de Padua, en Granadilla (donde un tal Suso se perdió mientras Moisés aplaudía y pedía más vueltas al ruedo). El pasacalles de 10 minutos de duración fue el preludio al certamen. Tras una larga espera, cantaron algo tímidos al principio, más desenfadados después, para levantar una ovación cerrada de la concurrencia. Pero había que aguantar algo más hasta levantar el trofeo de reconocimiento a la labor de unos cuantos meses: El misterio de la Navidad. Otro ratito (más bien largo) de escuchar al resto de grupos, y una paella con más tropezones que arroz ayudaron a cerrar el acto, con pirotecnia incluida. Y bien decimos cerrar el acto, que no la noche, pq para algunos, la noche se extendió hasta bien entrada la madrugada, prueba inequívoca de que había aguante en el cuerpo para danzar grácilmente hasta el amanecer... Y en el amanecer se dieron cuenta de las caras que traían cantores y ministriles (instrumentistas) al espléndido desayuno. Todo recogidito, y a las 10:15 salían con destino Diossabedónde, para agradecer al Señor, en la Eucaristía, el don de la vida, de la familia, de la amistad, de su presencia en todo.
Tiempo para la música, canaria y sin canariear, de lo antiguo y de lo nuevo, del este y del sur. De chicharreros y de canariones. Entre chorizos salteaditos con unas chuletitas /-ones. Chuches de todas clases y bizcochones en lugar de queques, hicieron que las caracolas comenzaran un ritual de apareamiento nunca visto hasta entonces, que hubiera atraido a las cámaras del National Geographic de haber tenido conocimiento de semejante rito. Y hasta eso que nunca llegaron a intervenir los marcianitos... Algo de fútbol para algunos valientes (los menos), paseos para otros, descanso para otros cuantos y... zas, el susto que nunca falta a un viaje. A Miriam le da por meter los ojos en la barbacoa y claro, se le hinchan. Tras el preceptivo paso por el Centro de Salud, regresaron todos al Puerto para tomar el buque con destino a la Gran Canaria.
Algunas pelis, unos pocos sueños, y otros cuantos majos. Sólo que esta vez era más difícil que aparecieran los contramajos, habida cuenta de que parecieron despertar de su letargo las rivales de los expertos. Al final, todo quedó en agua de borrajas. No es tan fácil como algunas se piensan... Eso sí, podemos decir que hay que tener cuidado con las hemorroides...
Despedidos, besos y abrazos para la vuelta a casa, en un viaje del que muchos quedaron, simple y llanamente, encantadísimos.
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